La
quema de grandes cantidades de incienso de burundanga había comenzado
como lo habían planificado puntualmente al cruzar la media noche, toda
la ciudad había quedado profundamente
dormida por el efecto de aquella droga primitiva y una legión de
ladrones cubiertos con mascaras antigás penetraron en cada una de las
viviendas, negocios, empresas privadas e instituciones públicas.
Cargaban todo lo que encontraban a su paso. Se llevaron los carros, las yipetas, los camiones y las camionetas.
Cargaron los electrodomésticos, la comida, los juguetes, las computadoras, las joyas y todo el dinero.
Se llevaron las luminarias de la calle y las tapas de las
alcantarillas. Desmontaron por completo la factoría y solo dejaron la
chimenea porque era de concreto y no les servía para nada. Se llevaron
los cables que sostenían el puente colgante que cruzaba el rio, los
postes del tendido eléctrico, los semáforos, los hidrantes, los rieles
del tren, los vagones del metro, los cuadros de los museos, las
osamentas indígenas y los tesoros de la catedral.
Profanaron la
tumba del Almirante, se llevaron el carro que había usado el Papa, la
estatua del Libertador y los tesoros rescatados del Conde de Tolosa y
del Nuestra Señora de Guadalupe.
Cargaron con todo el dinero de
los bancos, con las cámaras de televisión, con los videos del
Generalísimo, con los videos de la revolución y con las grabaciones que
tenían la voz del patriota con sus arengas en contra de los yanquis.
Entraban en los restaurantes y vaciaban las bodegas, penetraron en los
cuarteles y cargaron con las armas y las municiones, se llevaron los
tanques de guerra, los barcos que estaban en el muelle, la carga de
maíz que acababa de llegar y los lingotes de oro de la mina extranjera.
Rompieron la puerta del Panteón Nacional y despojaron a cada cadáver de
sus prendas y de sus dientes de oro y arrancaron de cuajo las cruces de
plata de cada ataúd y antes de irse desmontaron el gigantesco
candelabro de bronce y lo arrastraron tirado por caballo por la calle de
Las Damas.
Cuando se retiraban al despuntar el alba, se dieron
cuenta que quedaban unas nubes cercanas al sol y se devolvieron a
recogerlas. Aquella mañana, los relojes despertadores no sonaron, los
ladrones también se habían robado el tiempo y todos los habitantes de la
ciudad quedaron muertos de asfixia tendidos en su cama porque también
les habían llevado el aire.
Con afecto para mi amigo
Thimo Pimentel