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viernes, 30 de mayo de 2014

The infamous Mary Ann Payton

1927 -
El escultural cuerpo de Mary Ann Payton todavía caliente se balanceaba desnudo colgado con aquel pedazo de sábana de seda que le había servido de horca. La policía de Ketchikan seguía interrogando una y otra vez con las mismas preguntas al primerizo jovencito de apenas 17 años que había pasado la noche con ella.

Mary Ann Payton, - Madame du Payton como todos en Ketchikan la llamaban - se había convertido en una tema casi mundial entre marineros y pescadores que surcaban el Pacífico.

Al despuntar de cada mayo, cuando la primavera se hacía presente en aquel pueblito de Alaska y hasta finales de septiembre, desfilaban por aquellos callejones de Creek Street centenares de hombres que llegaban desde los lugares más remotos del planeta atraídos por las historias que corrían de boca en boca, y de bar en bar, desde baja California hasta Juneau y desde Tokio hasta Yakarta, sobre las maravillosas atenciones de aquella prostituta de leyenda.

Entre aquellos meses y cada año las reglas de Madame du Payton eran estrictas, solo atendía tres clientes por día, cuatro horas con cada uno, dos horas de descanso entre cada turno, tres dólares por cliente. Los parroquianos tomaban sus turnos anotándose en un sucio cuaderno en el bar japonés que estaba al principio de la calle y a veces debían esperar hasta seis días para poder cruzar el umbral de la puerta de Mary Ann.

Tenía unos enormes ojos castaños, una cabellera ondulada del color de la caoba y un cuerpo tan perfecto y fuerte como un cedro. Pero la forma como mimaba a sus clientes  del principio al fin de la "consulta" era lo que convertía su casa en el lugar obligado de peregrinación de todos los que compraban amor por unas horas.

Jason Chapman, el jovenzuelo de San Francisco a quién le había tocado el último turno de aquella noche fatídica seguía respondiendo preguntas a la policía que no terminaba de entender como Mary Ann había roto su "protocolo de servicio" extendiendo su jornada durante toda la noche para atender aquel primerizo inexperto que había sido su último cliente.

Jason había contado con los más mínimos detalles todas las caricias y mimos que Mary Ann había hecho sobre su cuerpo y la policía morbosa, solicitaba una y otra vez que describiera todo de nuevo para disfrutar de aquella historia de "amor" que parecía extraída de un manual de sexo de la India.
En aquella noche sin oscuridad del solsticio boreal de 1927, la escultural mujer ahora muerta, parecía escuchar en cómplice silencio aquel interminable y monótono interrogatorio mientras se balanceaba suavemente como un péndulo sobre su propio eje.

Al final de siete horas de preguntas, se llevaron a Jason esposado,  tras un rápido juicio sin mas testigos que el informe de la policía, purgó una condena hasta su muerte en una glacial cárcel de Juneau, a los diez años de su prisión y hastiado por los interrogatorios de sus compañeros de infortunio comenzó a cambiar su versión de los hechos, dejaba embelesados a todos los inquilinos de la cárcel con su historia de cómo había colgado a Mary Ann porque quería que el jovenzuelo le hiciera el amor por séptima vez en una sola noche.


Nadie nunca supo jamás que Madame du Payton, aquella infame prostituta de Ketchikan que era la envidia de todas las "damas de compañía" de la costa oeste se había suicidado después de desvivirse en atenciones con aquel primerizo cuando a las cinco de la mañana mientras este dormía, descubrió la misma mancha de nacimiento en su nalga derecha de aquel hijo que había dejado abandonado en un basurero de San Francisco diecisiete años atrás.

30 de mayo del 2014

sábado, 16 de febrero de 2013

Pérdida


"Con un nudo en la garganta y sin titubeos decidí entrar aquella pequeña habitación lúgubre, olorienta a medicamentos y brebajes, de nefasta apariencia por la poca luz y por ese ambiente cargado de muerte. Tirado en aquel camastro yacía su cuerpo hecho huesos."

Habían pasado 19 años desde aquel último encuentro. De pronto, mirándola hecha tiras recordé los besos que nos dimos aquella tarde lluviosa de octubre, revolcados como dos locos, fumados de la mejor yerba que se compraba en el barrio, enlodados hasta los tuétanos y llenos de marcas de mordidas de tanto amarnos

Recordé su perfume barato, su pelo desaliñado, su risa estridente, su piel tostada, sus uñas larguísimas con su "french" de florecitas amarillas, sus tangas negras y sus tetas al aire cada vez que íbamos a la playa.

Recordé la brisa revoloteándonos todo, la música alta, los tenis sucios.

Recordé su lengua, el brillo de sus pupilas incandescentes. Su cintura estrecha, sus brazos largos, sus piernas llenas de moretones de tantos tropiezos de tanto andar.
Y su vientre plano como una tabla y llena de vellos como una hiena.
Me acerqué y al oído le dije "Vida!", me miró sin verme, sonrió sin sonrisa, respiró profundo, musitó mi nombre sin articular palabra. Derramó una lágrima por su mejilla izquierda y comprendí sin prisa que su vida se iba.

Señaló aquel cofre sobre la coqueta. Me acerqué deprisa, lo abrí sin mirarlo, en el interior estaba nuestra foto, la de aquella tarde, la de las mordidas, la de los revuelcos, la de aquella yerba la mejor del barrio, la de aquella lluvia que nos enlodaba. Me voltié hacie ella pero estaba muerta, con su misma risa, ochenta libras menos.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Los últimos días de Martha - Episodio II

Tenía los labios cuarteados y los dientes tan amarillos que parecían el reflejo de un atardecer de cuaresma. El abuso del cigarrillo le habían opacado el pelo, enrojecido las pupilas y en las yemas de sus dedos los surcos de sus huellas dactilares parecían una mala copia del laberinto del Fauno.

No solo el terrible vicio de fumar había hecho estragos en el otrora lozano rostro de Martha. La pobreza, la falta de sueño, la "culebrilla" que le cortaba en dos la piel cada verano y los polvos sin sentido de Manuel cada madrugada que laceraban su sexo la habían convertido en un desecho humano.

 La mañana que amaneció sin pestañas y con el pelo chamuscado saboreaba el café de una forma inusual, recordaba las estridentes risotadas con Arancha, recordaba aquella sucia cartulina rosa donde ambas orinaron como locas cómplices de travesuras sin fin apenas con cinco años.

El viento del este que venía cargado de olor a muerte desde el matadero de chivos de los Abreu, le recordaba sus cabalgatas vespertinas de adolescente por los bateyes de La Romana acompañada de "Tio Andrés".

Había escuchado tantas veces la historia de Arancha de la semana que ambas nacieron que ya no sabía si la había inventado ella misma. El mismo mes de mayo, la misma clínica, el mismo médico que había asistido a las dos madres, una que había parido con dolor, la otra que por la posición fetal de la niña había tenido que ser intervenida con una cesárea de emergencia.

Había escuchado tantas veces la historia de aquella niñita de color que su propia madre reclamaba sin siquiera conocerla que a veces despreciaba su propio color de piel.
Había escuchado tantas y tantas veces el nombre de Arancha en el colegio que antes de que coincidieran en el mismo curso ya la odiaba y la amaba.

Había escuchado tantas veces los rezos del rosario de aquel novenario inconcluso que los recitaba sin pensarlo alzando su propia voz como si fuera una de las "lloronas" contratada por su tía Milagros en el velatorio de Midalma.

De  pronto, mientras inhalaba aquel humo de cigarrillo negro recordaba el día que comenzó a orinar de pies, y recordó la pitonisa, y de nuevo cayó en cuenta que el final estaba cerca. Y apagó el cigarrillo y rezó en silencio el Padre Nuestro como lo rezan los condenados a la horca. Y en sueños despierta escucho a la bruja, y comenzó a escribir.

lunes, 2 de abril de 2012

Los últimos días de Martha - Episodio I

Aquella noche sintió que se le quemaba el pelo, un sabor a ciruelas le llenaba la boca, un perfume de lirios respiraba muy hondo y una voz en gaélico le susurraba al oído.

Sabía perfectamente como terminaría su vida, una pitonisa se lo había profetizado cuando apenas tenía siete años aquel 18 de septiembre cuando su bisabuela la llevó a escondidas a "ensalmarle la culebrilla" antes que le diera la vuelta por la cintura.

Sabía que soñaba pero todo lo veía tan claro que no quería que llegase la hora de despertar.

Entre sueños, sintió quemándole la piel el cuerpo de Manuel,

como de costumbre había llegado borracho del billar,

como de costumbre con el olor a grasa de la cocina,

como de costumbre buscándo su sexo a tientas.... como de costumbre.

Como de costumbre aquella madrugada fumó un cigarro bajo el mosquitero, orinó de pies, apagó la tele, encendió la estufa y coló café.

Se miró al espejo, peinó su pelo chamuscado, sintió la brisa con olor a muerte, miró su cara y se percató que sus pestañas habían desaparecido por completo...y como si fuese ayer recordó a la bruja

....el final estaba cerca.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Sepelio


Ella estaba a mi lado, con el cigarro humeante, y con la mirada lejos..... y afuera el ruido de risotadas sordas, y caricias ásperas, de mujeres malas, de faldas largas, y de tacones sucios, y de blusas de furcia, y de tirantes rojos, y de pelos rubios, y de ojos azules, y de aliento a vino y a ron de caña.

Y en mi cabeza el zumbido enorme de la bala dentro, que me recordaba que estaba muerto, bien muerto!

jueves, 1 de septiembre de 2011

Presentimiento



Marielle se levantó sonánbula por novena noche consecutiva desde la trágica muerte de Benjamin. Cada madrugada hacía el mismo recorrido durmiendo con los ojos bien abiertos. Los somnolientos dependientes de la farmacia de la esquina no podían creer lo que habían visto.

Descalza, vestida solo con aquellos largos pantalones de pijama que parecían de samurai y con una temperatura que rozaba los 16 grados centígrados, Marielle recorría siete bloques hasta la 88 calle entre la tercera y la cuarta avenida donde una vez estuvo el antigüo cementerio judío de Manhattan. Exclamaba un grito ensordecedor y volvía sobre sus pasos sin inmutarse por los frenazos de los taxis que trataban de no atropellarla.

Al despertar lloraba desconsolada recordando aquella mañana de septiembre cuando le pidió de una y mil formas que no fuera a la zona cero. Ese día tenía un presentimiento extraño, había soñado con aviones, con torres desmoronándose, con bomberos corriendo despavoridos, con gente saltando por las ventanas.

A las 9:03am sintió un vuelco en el corazón, dos segundos antes el asensor que transportaba a Benjamin se abría en el piso 79 de la torre sur de World Trade Center, apenas pudo ver el avión entrando por la ventana antes de morir con el impacto.


Fotografía de Victoria Thomen Ginebra