
Pase usted, dijo la suave voz femenina detrás de mis oídos, viré la cabeza de pronto y no había nadie, al volver la vista al frente un golpe de brisa fría mezclada con un fuerte olor a azufre me hizo reaccionar y taparme la nariz.
Desde la oxidada puerta del camposanto, escrudiñé con la vista en cada rincón que divisaba, allá, a lo lejos, casi en la última tumba al pié de la colina estaba ella, con el pelo al aire, con la blanca túnica de seda y con la redecilla rota y sucia de tantos años deambulando por el polvoriento pueblo. Me acerqué despacio y por más que la miraba no lograba ver sus ojos, veía su cara pero las cuencas de sus ojos parecían estar vacías.
Florentina Santana, me dijo con la misma voz cálida que escuché a mis espaldas en la entrada del cementerio. No te he preguntado, le dije. Que importa! ripostó con rabia. Todos quieren ocultar mi nombre, desde que ese mal parido del generalísimo engendró mi vida y no quiso nunca reconocerme como su hija.
Pedro Santana en persona había fundado la comunidad de El Cercado y la historia de su hija bastarda corrió de boca en boca y de generación en generación por lustros hasta perder vigencia en los chismes de comadre.
Extendió su mano para entregarme el relicario, lo abrí con cuidado y encontré el rosario de cuentas de avellanas secas, lo colgué en mi cuello y la miré de nuevo, le vi los ojos pero desapareció el resto, miré por todos lados y ya no había nada, la volví a mirar y solo veía sus ojos. Había quedado ciego por completo con la sola capacidad de verle sus ahora brillantes ojos castaños.
Cada noche hacemos el amor sobre la tumba de Manuelica, la alcahueta que convidó a Teresa para acostarse con el Presidente Santana a cambio de seis novillos, una vaca lechera y quince tareas de tierra en Sabana del Bohío la noche que fundó El Cercado.
Fotografía tomada por Tatiana Swiatkowski en el cementerio rural de El Cercado, provincia San Juan de la Maguana.